Hermanos, bienvenidos a esta celebración. Hoy, día grande para nuestro pueblo, nos reunimos para celebrar la Eucaristía en honor de la Virgen del Rosario, nuestra patrona. María nos reúne y nos conduce hacia Jesús.
En ella contemplamos a la mujer que se dejó mirar por Dios y confió plenamente en su amor. Su vida nos recuerda que somos hijos amados, llamados a vivir con esperanza y a tratarnos como hermanos. Ponemos ante el Señor a Torre Pacheco, a nuestras familias, a quienes sufren, a quienes trabajan por el bien común y a todos los que forman parte de nuestro pueblo.
Que esta celebración renueve nuestra fe y nuestra unión. Con alegría, comencemos cantando. Pues, hermanos, para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos ante Dios nuestro Padre todas nuestras faltas y pecados.
Tú, que eres la plenitud de la verdad y de la gracia, Señor, ten piedad. Señor, ten piedad. Tú, que te has hecho pobre para enriquecernos, Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad. Tú, que has venido para hacer de todos nosotros tu pueblo santo, Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Dios todopoderoso tenga piedad y misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. Amén. Danos, Señor, tu gracia en nuestros corazones, para que quienes hemos conocido por el anuncio del ángel la encarnación de Cristo tu Hijo, lleguemos por su pasión y su cruz y la intercesión de la bienaventurada.
Virgen María a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
Después de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón de Zelotes, y Judas. El de Santiago.
Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Palabra de Dios. El poderoso.
Hay su gracia grande en mí. El poderoso. Hay su gracia grande en mí.
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos. Hermanos, lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron. Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo,.
Jesucristo. En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos. Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos.
Palabra de Dios. En una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. El nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios.
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
Reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin. Y María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra.
Por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
Y el ángel se retiró. Palabra del Señor. Un saludo cariñoso a todos mis hermanos sacerdotes que me acompañan en esta celebración.
Al señor alcalde y toda la corporación municipal, todos los representantes de los distintos partidos políticos, diputados regionales y fuerzas, autoridades militares, a la Junta de Hermandad de. La Virgen del Rosario y a todos vosotros que venís hoy a honrar a nuestra Madre, a honrar a nuestra patrona, nuestra querida patrona, la Virgen del Rosario. Ayer reflexionábamos juntos en la celebración de la ofrenda floral, allí en la plaza, sobre una frase, una oración, de la oración del Magníficat: Ha mirado la humildad de su esclava.
Esa frase centrada en la humildad de María. Y hoy, hoy os invito a fijar la mirada en otra frase, pero en esta ocasión dirigida por el arcángel San Gabriel a María: Para Dios nada hay imposible, le dice. Le dice el ángel a María para que se dé cuenta del obrar poderoso de Dios.
Hay tantas cosas que nos desbordan, hay tantas cosas que nos preocupan. Nos proponemos el bien, la justicia, la verdad, pero no siempre conseguimos vivirlo, ni hacerlos perdurar, ni en nuestra vida personal, ni en nuestras relaciones, ni muchas veces en las. Instituciones, ni en la sociedad.
Nos cuesta, a veces, porque hay tantas cosas que nos desbordan, como digo. Cuánto bien queremos hacer y cuánto nos cuesta sostenerlo. O como diría San Pablo, hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero.
Cuántos momentos y situaciones en los que nos creemos realmente que el bien pasa por convencerme a mí mismo y, más peligroso aún, convencer a los demás que para mí nada hay imposible. A veces ni siquiera lo decimos, pero nos comportamos como si los demás tuvieran que creer todo, que todo depende de nosotros, que nuestra palabra y nuestras decisiones no pueden cuestionarse. Y los hechos nos recuerdan que somos limitados.
Cuando esa frase se convierte en un lema de autosuficiencia, se queda sin alma, se queda sin vida. Promete una fuerza que ninguno de nosotros posee. Y la historia nos alerta de tantos superhombres que, a base de fuerza o de una impostada libertad, nos han intentado convencer de que para ellos nada hay imposible.
Pero el evangelio de este día, hermanos, nos conduce a otra cosa, a otro pensamiento, a otra manera de pensar y de vivir. Nos pone, como diríamos, nos pone a cada uno en nuestro sitio, pero desde lo positivo de la expresión. Porque sí, ciertamente, la verdad de la vida pasa por reconocer quién soy yo, pero sobre todo en reconocer quién es Dios.
Para Dios nada hay imposible. No habla de nuestro poder, sino del poder de Dios esta frase. Nos invita a reconocer quién es Dios y quiénes somos nosotros.
Y cuando dejamos de ocupar su lugar, todo cobra otro sentido. Tu vida, la mía y el mundo en el que nos desenvolvemos, todo cambia de perspectiva, todo ocupa, todo tiene otro color, cuando realmente dejamos que Dios sea Dios y no intentamos usurpar su puesto. El ángel anuncia a María que Isabel, siendo ya anciana, espera un hijo.
Y después le anuncia algo aún más inesperado, que ella, una niña virgen, concebirá a Jesús, el Hijo del Altísimo. Y María pregunta: ¿Cómo será eso? No finge que lo entiende todo, porque no lo sabe todo y no lo finge.
Pregunta y escucha. Entonces recibe la promesa: El Espíritu Santo vendrá sobre ti. Dios no le pide a María que lo haga todo con sus propias fuerzas, ni en ese momento le pide que lo haga todo con sus propias fuerzas.
Le anuncia que su Espíritu actuará sobre ella. Él sí lo puede todo. Cuánta sabiduría se refleja en esa confianza de María.
Ella es criatura, como nosotros, como tú y como yo. No controla el futuro ni conoce todos los pasos que vienen. Pero sabe que Dios está con ella.
Eso sí lo sabe. Por eso puede responder libremente: Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra, no como yo quiero, sino como tú quieres.
Su confianza no consiste en tenerlo todo resuelto, consiste en poner su vida en manos de Dios y dar el paso que puede dar. ¿Y nosotros? Hoy, a la luz de este Evangelio y a la luz de la imagen de nuestra Madre, nos debíamos preguntar: ¿Y nosotros?
¿Dónde alimentamos nosotros nuestra confianza? Porque la fe no nos invita a negar los problemas, ni a esperar que Dios haga por nosotros lo que a nosotros nos corresponde. Nos invita a reconocer nuestros límites, pero sin desesperar, a pedir su ayuda y a colaborar con lo que Él puede hacer en nosotros, a colaborar con lo que Él puede hacer por nosotros.
La promesa del ángel se cumple en Jesús y esa esperanza no es pensar que nada malo nos sucederá. No, eso no nos lo promete Dios. Es confiar en que Dios puede seguir obrando incluso en medio de aquello que nos duele, de lo que no comprendemos, de lo que no podemos reparar por nosotros mismos.
Allí Dios sigue actuando. No sabemos siempre cómo abrirá un camino, pero sí sabemos que en Cristo Él no nos abandona, que caminará con nosotros. Hoy celebramos, hermanos, a la Virgen del Rosario y le pedimos que nos enseñe a vivir a todos y cada uno de nosotros desde esa confianza, con nuestra vida, con lo que cada uno de nosotros vive, que nos enseñe a vivir con esa confianza que.
No espera tenerlo todo resuelto, pero sí que espera saber que Dios camina junto a nosotros. María escuchó. Preguntó, acogió la acción del Espíritu y respondió, vaya si respondió, que también nosotros sepamos escuchar la palabra de Dios, ofrecer nuestra colaboración en casa, en nuestro trabajo, en la vida de nuestro pueblo,.
En la vocación que cada uno de nosotros hemos recibido, que sepamos colaborar con Dios para hacer de este mundo su reino, porque solamente el reino de Dios es un reino de justicia, de bien, de verdad, de belleza, de caridad. Quizás no podamos transformar el mundo entero, pero sí podemos dar hoy un paso hacia la verdad, la justicia, el perdón y el cuidado de los demás, en la medida en que sepamos también esperar en Dios. Torre Pacheco hoy pone su vida en manos de Dios y lo pone a través de la Virgen María.
Hoy nos ponemos delante de ella y le pedimos que nos enseñe, que nos enseñe su forma, que nos enseñe su manera de estar, que nos enseñe su manera de confiar, no para desentendernos de lo que nos toca hacer, no, sino para. Hacerlo con humildad y con esperanza, y que María nos conduzca a Jesús, hermanos. Nuestro pueblo necesita que María nos conduzca a Jesús, porque solamente él nos va a enseñar otro tipo de relaciones, que no nos enseña el mundo ni la sociedad en la que vivimos, que muchas veces nos enfrenta, que busca la confrontación, la.
Discordia entre nosotros. Jesús, la presencia de Jesús en las calles y en las casas de nuestro pueblo nos enseñará otra manera. Que nos ayude a recordar, cuando nuestros límites nos desanimen, que para Dios nada hay imposible.
Amén. Pues en este día solemne de nuestra Madre la Virgen María, profesemos juntos nuestra fe. Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió. A los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén. Dirijamos confiados nuestra oración a Dios Padre, que ha prometido habitar en los corazones de aquellos que, como María, guardan su palabra.
Por la Iglesia, para que, siguiendo el ejemplo de María, anuncie a Jesucristo con humildad, alegría y esperanza. Roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
Por el Papa, nuestro obispo y todos los pastores de la Iglesia, para que acompañen al pueblo de Dios con sabiduría y cercanía. Roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
Por Torre Pacheco, por quienes sirven a nuestro pueblo, por quienes trabajan cada día por su bien y por todos los que contribuyen a construir una comunidad acogedora y fraterna. Roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
Por las familias, los niños y los jóvenes, por quienes buscan trabajo o atraviesan dificultades, para que encuentren apoyo, oportunidad y motivación. La esperanza, roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos.
Por los enfermos, los mayores, quienes viven solos y quienes llevan en silencio una preocupación o una herida, para que se sientan acompañados y encuentren manos dispuestas a ayudarles, roguemos al Señor. Te rogamos, óyenos. Por todos nosotros, para que como María aprendamos a dejarnos mirar por Dios, a confiar en su amor y a mirar a los demás con respeto, compasión y esperanza, roguemos al Señor.
Te rogamos, óyenos. Oh Dios, por intercesión de María, que nos precede en la peregrinación de la fe, fortalece en nosotros el deseo del bien, refuerza nuestra esperanza y confírmanos en la caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén. Te ofrecemos, Señor, fruto de nuestro sudor. Te ofrecemos el vino de nuestro campo el mejor para ti, Señor.
El trabajo de los campesinos. Te ofrecemos el pan, fruto de nuestro sudor. Te ofrecemos el vino de nuestro campo el mejor para ti, Señor.
El pan y el vino para ti, Señor. El trabajo de los campesinos. Hoy te entrego, Señor, lo que tú pusiste en mí.
Para ti, Señor, el pan y el vino. Para ti, Señor, el trabajo de los campesinos. Hoy te ofrezco, Señor, mi vida, mi libertad.
Tú sabes que soy tuyo, quiero ofrecerme con el pan. Para ti, Señor, el pan y el vino. Para ti, Señor, el trabajo de los campesinos.
Te ofrecemos el pan, fruto de nuestro sudor. Te ofrecemos el vino de nuestro campo el mejor. Para ti, Señor, el pan y el vino.
Para ti, Señor, el trabajo de los campesinos. Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre todopoderoso. El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
Haz, Señor, que nos preparemos dignamente con estos dones presentados y que celebremos de tal modo los misterios de tu Unigénito. Que merezcamos ser dignos de sus promesas. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén. El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor. Demos gracias al Señor nuestro Dios.
Es justo y necesario. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, y alabar, bendecir y proclamar tu gloria en la fiesta de Santa. María, la Virgen del Rosario, porque ella concibió a tu único Hijo por obra del Espíritu Santo, y sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro.
Por él, los ángeles alaban tu gloria, te adoran las dominaciones y tiemblan las potestades, los cielos, sus virtudes y los santos serafines te celebran unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces, cantando humildemente tu alabanza. Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo, hosanna. Tanto eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo das vida y santificas todo, y.
Congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha, desde donde sale el sol hasta el ocaso. Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que. Nos mandó celebrar estos misterios.
Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado. Por vosotros. Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y dándote gracias de nuevo lo pasó a sus discípulos, diciendo: Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y.
Eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados. Atede esto en conmemoración mía. Este es el sacramento de nuestra fe.
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos en esta acción de.
Gracias el sacrificio vivo y santo. Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y. Llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo San José, los apóstoles y los mártires, y todos los santos, por. Cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda. Te pedimos, Padre, que esta víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero.
Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia peregrina en la tierra, a tu servidor el Papa León, a nuestro obispo José Manuel, al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti. Atiende los deseos y súplicas de esta familia que has congregado en tu presencia. Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo, a nuestros hermanos difuntos y a cuantos murieron en tu amistad; recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria.
Por Cristo, Señor nuestro, por quien concedes al mundo todos los bienes. Cristo con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado, digamos con fe y esperanza. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación,. Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: La paz os dejo, mi paz os doy. No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia, y conforme a tu palabra concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
La paz del Señor esté con todos vosotros. Daos fraternalmente la paz. Dame tu paz, dame tu amor, dame tu luz.
Dame tu paz, dame tu amor, dame tu... Contigo, a todos lados, que pueda dormir tranquilo bajo tu precioso manto. Llévame contigo y no me sueltes de la mano cuando sienta frío, dame tu cálido abrazo.
Llévame contigo a donde quieras. Y es que no hay mayor consuelo que una madre que te quiera y un día pudiera al cielo ir por tu escalera y entender que contigo, madre querida, valió la pena. Que no me canse nunca de mirarte y repetir tu humilde devoción.
Te quiero con locura, preciosa madre, no hay mejor regalo de Dios. Que no me canse nunca. Y nos has alimentado con el cuerpo y la sangre de tu Hijo.
Gracias por María, nuestra madre y patrona, que nos conduce a Jesús y nos enseña a confiar en la mirada amorosa de Dios. Ayúdanos a reconocernos como hijos amados y a vivir como hermanos. Te confiamos a Torre Pacheco, nuestras familias y nuestros hogares, quienes trabajan por el bien de todos, quienes están enfermos, solos o preocupados y quienes hoy no han podido acompañarnos.
Que en nuestro pueblo nadie se sienta olvidado y que sepamos ofrecer escucha, compañía y ayuda concreta. Virgen del Rosario, gracias por acompañar nuestro caminar. Enséñanos a guardar la palabra de Dios, a llevar la esperanza a quienes la necesitan y a dar frutos de paz, generosidad y fraternidad.
Señor, quédate con nosotros y haz de nuestra vida una acción de gracias. Amén. Oremos.
Te rogamos, Señor y Dios nuestro, que quienes anunciamos en este sacramento la muerte y resurrección de tu Hijo, asociados a su pasión, merezcamos participar del gozo y de la gloria. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
El Señor esté con vosotros. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y permanezca para siempre. Pues, hermanos, seguimos con alegría en este día grande para Torre Pacheco, el día de la Virgen del Rosario, el día de nuestra madre y patrona.
La seguimos acompañando. Lo hemos hecho en la celebración de la Eucaristía, que es el centro, pero también lo haremos esta tarde en la procesión con la imagen de la Virgen por las calles de nuestro pueblo. Ella nos invita a todos a acompañarla y todos queremos estar esta tarde a las puertas de la iglesia para recibir a nuestra madre y acompañarla en esta procesión solemne, como digo, por las calles del pueblo.
Daros las gracias por toda vuestra participación en estos días, la novena, ayer en la ofrenda y hoy en cada una de las celebraciones, y estoy seguro que también tendré que agradeceroslo esta tarde en la procesión. Dar las gracias también al coro, como siempre, por su magnífico acompañamiento. Dar las gracias a la reina y a las damas.
Me tenéis admirado, admirado toda la fiesta, toda la semana, porque no fallan a una y están presentes, no durmiendo, sino presentes, que eso es digno de admirar y os doy también muchísimo las gracias. Y también quiero dar las gracias, por último, a un hermano especial, a nuestro hermano Arturo, que está con nosotros, seminarista. Quiero dar las gracias porque también es un fruto de la Virgen que Dios mediante este año será ordenado sacerdote y es un momento también de enhorabuena para toda la parroquia y para todo nuestro pueblo de Torre Pacheco.
Ya lo anunciaremos para que podamos acompañarlo en ese día también tan especial, no solamente para él, sino para todos nosotros que caminamos en esta parroquia. Pues vamos a seguir caminando juntos hacia el encuentro con el Señor bajo el amparo de nuestra madre, la Virgen del Rosario. En el nombre del Señor, podéis ir en paz.