¿Podré confiar en vos? Pobre soy, mas honrado el maese Pedro puede dar su palabra. Venís recomendado, es cierto, y esa es razón para daros mi confianza.
Desconfiáis de los hombres. De los hombres, sí. Y no sin razón, que no siempre fui monja en este lugar.
¿Es que acaso habéis conocido varón? No es tema vuestro. Mas una historia en este convento acaeció tiempo atrás, que aún hoy, al mencionarla, despierta en mí recuerdos que creía olvidados.
¿Y tiene algo que ver con vuestro pasado? En algo parecidas las historias son. Pues tengo curiosidad por conocerla.
¿Eres hombre curioso, Martín? No puedo evitarlo, madre. ¿Hoy estáis de don Juan Tenorio y doña Inés de Ulloa a hablar?
Conozco del Panteón la triste historia, mas no sé más que habladurías vanas, que dicen que el matador trajo desgracia y que el Panteón es hoy una sombra vana. Algunas veces las sombras son más reales que la luz del día cuando amanece. No me habléis de tales males, madre, que el miedo me entra hasta en los huesos.
Fuerte soy para el trabajo duro, mas blando para estos asuntos oscuros. Desde el nacer, la muerte te acompaña. No volverán los días que se han ido.
Recordadas serán tus palabras, tus actos en piedra esculpidos. Desde el nacer, mi memoria te seguirá y al girar, mi sombra detrás sentirás. Nadie escapa al tiempo cruel.
Nadie del desamor puede huir. Nadie evita mi encuentro fiel. Nadie el dolor puede evadir.
La vida se escribe en los pliegues de la piel. Tu historia se olvidará en la niebla del ayer. Yo sigo tus pasos, aunque no me ves.
Y cuando llegue tu hora, detrás de ti estaré. Ante Dios habrás de responder. Yo te guiaré hasta el más allá.
Nada debes temer. Solo el amor, el amor verdadero te podrás llevar. Ese tesoro eterno que nadie te podrá robar.
¿Teméis a la muerte, Martín? Mucho, madre. No me gusta nada.
Que cuando se habla de ella parece que se la llama. No hay que temerla, hay que aprender de ella. El verdadero miedo es no saber aprovechar la vida que Dios, nuestro Señor, nos dio.
A eso sí que debemos temer. No me fío de la muerte, señora. Cuanto más lejos, mejor la demora, que en muchas ocasiones de cerca la he visto y yo, librado de ella, he salido.
No así mi inocente mujer, que muy joven con ella se fue. Esta noche, Martín, mi sombra no ha venido por azar. ¡Ea!
Ahí está, por mentarla. Si ya le dije yo que no teníamos que hablar de ella. Y ahora me diréis que está aquí por casualidad.
¿Qué hace aquí vuestra merced? He venido por vos. ¿Por mí?
Pero, ¡madre abadesa! Decidle que debe tratarse de un error. A ver, yo soy Martín, el de la tapia.
Vuestra merced debe de buscar a otro Martín, que yo con muchos comparto nombre. A la muerte no suele fallarle la memoria. Ea, pues alguna vez tenía que empezar.
Yo tengo ahí tres días de trabajo y yo sin terminar la tapia no me puedo ir de esta tierra así como así. Eso sería falta de oficio. Ni las tapias, ni los oficios, ni los hombres quedan nunca terminados del todo.
Claro, eso lo decís vos, que tenéis toda la eternidad, pero los que respiramos contamos los días y las horas de otra manera. No te asustes, Martín, pero la hora llega ya. Bueno, ¿y esto no se puede demorar, aunque sea una miaja o na?
Solo si hay una buena historia que escuchar. Madre abadesa, vos me ibais a contar una historia, la del matador ese que causó horror. ¿Queréis que os relate su historia?
Enteretica, madre, sin abreviar na, que parece que poco tiempo me queda ya. ¿Pretendéis ganar tiempo? Pues pretendo escuchar una buena historia y si mientras la escucho respiro, pues mejor que mejor.
Pues escucha, Martín, y escucha bien. Contadla, conozco el final, pero hace mucho que nadie la relata. Despacico, madre, por Dios, que las historias buenas se estropean si uno corre.
No abuséis de mi paciencia, Martín. Corría el año de gracia de 1545, cuando Don Juan Tenorio se presentó en la hostería del Laurel, allí donde un año antes, con tal de apostar, se citó con Don Luis Mejía, su igual, para ver quién. En un solo año haría con más fortuna el mayor daño.
Enterados de la cita. Acudieron dos hombres de honor: don Gonzalo de Ulloa, comendador fiel de la Orden de Calatrava, y padre sin igual de la inocente doña Inés, su preciado bien. No cabe en mi corazón que tal hombre pueda haber, y no quiero cometer con él una sinrazón.
Yo mismo indagar prefiero la verdad, mas, a ser cierta la apuesta, primero muerta que esposa suya la quiero. No hay en la tierra interés que si la daña me cuadre. Primero seré buen padre, buen caballero después.
Y don Diego Tenorio, quien quería saber si eran ciertas las noticias que sobre su hijo corrían por Sevilla, sin ley ni decencia. Que un hombre de mi linaje descienda a tan ruin mansión. Pero no hay humillación a que un padre no se baje por un hijo.
Quiero ver por mis ojos la verdad, y el monstruo de liviandad a quien pude dar el ser. Las ocho era la hora convenida para aquella singular cita, perdiendo la apuesta quien no estuviera en la taberna en ese momento. Esta silla está comprada, Hidalgo.
Lo mismo digo, Hidalgo. Para un amigo tengo yo esa otra pagada. Que esta es mía, haré notorio.
Y yo también, que esta es mía. ¿Luego sois don Luis Mejía? Seréis, pues, don Juan Tenorio.
Puede ser. Vos lo decís. ¿No os fiáis?
No. Yo soy don Juan. Y yo don Luis.
Tras las presentaciones hechas con rigor, ambos mostraron sus hazañas sin pudor, siendo don Juan quien más contaba, con duelos ganados y mujeres burladas. Mas no satisfechos con su juego mortal, ambos se lanzaron a una nueva apuesta fatal. Solo una os falta, injusticia.
¿Me la podéis señalar? Sí, por cierto, una novicia que esté por profesar. Pues yo os complaceré doblemente, porque os digo que a la novicia uniré la dama de algún amigo que para casarse esté.
Pardiez, que sois hombre extraño. Bueno, yo lo apuesto si queréis. Digo que acepto el partido.
Para darlo por perdido, ¿queréis veinte días? No, seis. Por Dios, que sois hombre extraño.
¿Cuántos días empleáis en cada mujer que amáis? Partid los días del año entre las que ahí encontréis. Uno para enamorarlas, otro para conseguirlas, otro para abandonarlas, dos para sustituirlas y una hora para olvidarlas.
Pero la verdad, hablaros, pedir más no se me antoja, porque, pues vais a casaros... Mañana pienso quitaros a doña Ana de Pantoja. Don Juan, ¿qué es lo que decís?
Don Luis, lo que oída veis. Ved, don Juan, lo que emprendéis. Lo que he de lograr, don Luis.
Pues va la vida. Pues va. Insensatos.
Vive Dios, que a no temblarme las manos a palos como a villanos, diera muerte a los dos. Excusado es, que he vivido lo bastante para no estar arrogante donde no puedo. Idos, pues.
Antes, don Juan, de salir de donde oírme podáis, es necesario que oigáis lo que os tengo que decir. Vuestro buen padre, don Diego, porque pleitos acomoda, os ha palabra una boda que iba a celebrarse luego; mas por mí mismo yo lo que erais queriendo ver, vine aquí al anochecer y el veros me. Avergonzó.
¡Oh, Satanás viejo insano! Que no sé cómo he tenido calma para haberte oído sin sentarte la mano. Pero di pronto quién eres, porque me siento capaz de arrancarte el antifaz con el alma que tuvieres.
Don Juan, ¡pronto! Está bien. Mira, pues.
Don Gonzalo. El mismo soy. Adiós, don Juan.
Mas desde hoy no penséis en doña Inés, porque antes que consentir en que se case con vos, el sepulcro juro a Dios... Por mi mano la he de abrir. Me hacéis reír, don Gonzalo.
Pues venidme a provocar es como ir a amenazar a un león con un mal palo. Y pues hay tiempo, advertiros quiero a mi vez a vos, que o me la dais, o por Dios que a quitarosla he de ir. ¡Miserable!
Dicho está. Solo una mujer como esta me falta para mi apuesta. Ved, pues, que apostada va.
No puedo más escucharte, don Juan, porque recelo que hay algún rayo en el cielo preparado a aniquilarte. Ah, no pudiendo creer lo que de ti me decían, confiando en que mentían, te vine esta noche a ver. Pero te juro, malvado, que me pesa haber venido para salir convencido de lo que es para ignorado.
Sigue, pues, con ciego afán en tu torpe frenesí, mas nunca vuelvas a mí. No te conozco, don Juan. ¿Quién nunca a ti se volvió, ni quién osa hablarme así?
Ni que si me importa a mí que me conozcas o no. Adiós, pues, mas no te olvides de que hay un Dios justiciero. Ten.
¿Qué quieres? Verte quiero. Nunca, en vano me lo pides.
¿Nunca? No. ¿Cuándo me cuadre.
¿Cómo? Así. ¡Don Juan!
¡Villano! Me has puesto en la faz la mano. Válgame Cristo, mi padre.
¡Mientes! No lo fui jamás. Reportaos con Belcebú.
No. Los hijos como tú son hijos de Satanás. Comendador, nulo sea lo hablado.
Ya lo es por mí. Vámonos. Sí.
Vamos de aquí donde tal monstruo no vea. Don Juan, en brazos del vicio desolado te abandono. Me matas, mas te perdono de Dios en el santo juicio.
Largo el plazo me ponéis, mas ved que os quiero advertir que yo no os he oído a pedir jamás que me perdonéis. Con que no paséis afán de aquí en adelante por mí, que como viví hasta aquí, vivirá siempre Don Juan. Ya salimos del paso y no hay que extrañarlo, Emilia.
Son pláticas de familia de las que nunca hice caso. Con que lo dicho, Don Luis, van Doña Ana y Doña Inés en apuesta. Y el precio es la vida.
Vos lo decís. Vamos. Vamos.
No respetan ni a novicias ni a damas comprometidas. Mal asunto este de la hombría y las apuestas dichas. Hay hombres que creen demostrar su valor con bravatas y apuestas.
¿Se muestra alguna de honor? A muchos de ellos los he visto llegar ante mí todavía presumiendo, pero aquí se les pasa pronto. No, no son hombres, no.
Son niños malcriados, esos están faltos de trabajo y sudor en sus manos. A esos los ponía yo a reparar la tapia con esmero, a ver si después tenían ganas de reñir en duelo. Pues la vuestra quedará sin terminar, pues tiempo no os queda ya.
Pues precisamente no conviene apresurar la historia, sin prisas, madre, sin prisas despacito. Don Luis se presentó en casa de Doña Ana para advertirle de Don Juan y proteger su honra sana, mas su esfuerzo fue en vano, pues Don Juan, sin ningún pudor, consiguió la llave con ayuda de Lucía. Para mancillar su honor.
Mientras tanto, sus hombres, con fuerza y engaño, retuvieron a Don Luis sin darle tregua y algún daño. Y mientras uno quedaba encerrado, el otro seguía abriendo las puertas que no debía. Buen lance viven los cielos, estos son los que dan fama.
Mientras le soplo la dama, él se arrancará los pelos encerrado en mi bodega y ella, cuando crea, yace con él. ¿Caballero? ¿Quién va allá?
Soy Don Juan. Por vida de... Si es la beata, y a fe que me había olvidado ya.
Llegaos, Don Juan soy yo. ¿Estáis solo? Con el diablo.
¡Jesucristo! Por vos lo hablo. ¿Soy yo acaso el diablo?
Créelo. Vos sí que sois un diablillo. Que te llenará el bolsillo si le sirves.
¿Lo veréis? Descarga, pues, ese pecho. ¿Qué hiciste?
Todo lo que mandó vuestro paje. ¿Y qué mal bicho es ese chuti? ¿No se ha entregado un bolsillo y un papel?
En él estará leyendo ahora Doña Inés. ¿La has preparado? Os la he preparado de tal forma y manera que irá como una cordera tras vos.
Tan fácil te ha sido. ¡Ay, pobre García enjaulada dentro de jaula nacida! Virgen, a las primeras impresiones del amor jamás concibió su dicha fuera de tan pobre estancia.
Tratada desde la infancia con cauteloso rigor y tantos años monótonos de soledad y convento, dejaron su pensamiento sumido a punto tan ruin, a tan reducido espacio y a círculo tan mezquino, que. Era el claustro su destino y el altar era su fin. Aquí está Dios, la dijeron, y ella dijo: Aquí le adoro.
Aquí está el claustro y el coro, y pensó: No hay más allá. ¿Y esta hermosa? Como un ángel.
¿Y la has dicho? ¡Ay, figúrese metido mal caos en su cabeza, don Juan! Le hablé del amor, del mundo, de la corte y sus placeres.
De cuánto con las mujeres erais pródigo y galán. Le he dicho que eres el hombre destinado por su padre para suyo. Os he pintado muerto por ella de amor, desesperado por ella y por ella perseguido, y por ella dispuesto a perder vida y honor.
¡Ay, en fin, mis dulces palabras al posarse en sus oídos...! Sus deseos mal dormidos arrastraron de sí, en pos, y dentro de su pecho han inflamado una llama de fuerza tan. Que ella os ama, no piensa más que en vos.
Tan incentiva pintura los sentidos me enajena y el alma ardiente me llena de su insensata pasión. Empezó por una apuesta, siguió por un devaneo, engendró luego un deseo y hoy me quema el corazón. Poco es el centro de un claustro, al mismo infierno bajara y hasta ocada la arrancara de los brazos de Satán.
Os estoy oyendo y me hacéis perder el tino. Si yo os creí un libertino, sin alma y sin corazón. Eso extrañas.
No está claro que en un objeto tan noble, ¿a quién interesarse el doble que en otros? Ay, tenéis razón. Con que ¿a qué hora se recogen las madres?
Ya recogidas estarán. ¿Vos prevenidas todas las cosas tenéis? Todas.
Pues luego, cuando toquen a ánimas, con tiento saltando al huerto, fácilmente podréis entrar en el convento con la llave que os he enviado. De un claustro estrecho y largo es, seguidlo bien derecho y daréis con poco afán en nuestra celda. Y si acierto a robar tan gran tesoro, he de hacer pesar en oro.
Ay, por mí que no quede, don Juan, pero eso tampoco. Bella, aguárdame. Bien, pues voy a la portería a cegar a sor María la Tornera.
Hasta después. Pues, señor, soberbio invite, muchas hice hasta esta hora, mas por Dios que la de ahora será tal que me acredite. ¡Chuti!
Y esa beata, ¡vaya mala mujer! Más entregada al oro que al deber de cuidar a Doña Inés, inocente criatura, que en este convento vivió tan ausente, sin sospechar el mal que cerca estaba. El oro compra muchas voluntades, pero jamás ha comprado un solo minuto cuando llego yo.
Venga, ya estamos otra vez con los minutos. No tenga prisa, señora muerte. Y vos continuad, madre abadesa, continuad, que me interesa más la historia que vais tejiendo que los minutos de esta señora.
Doña Inés vivió en este convento casi desde que nació, con Brígida, su dueña, como único enlace exterior. Muchos consejos la madre abadesa le entregó, mas no imaginaba lo que Brígida en su corazón sembró, tampoco el poder pernicioso que ejercía sobre la inocente voluntad de Doña Inés en su interior. La inocencia desconoce el peligro, el peligro en cambio siempre sabe dónde encontrarla.
¿Con que me habéis entendido? Sí, señora. Está bien.
La voluntad de vuestro padre tal es. Sois joven, cándida y buena. Vivido en el claustro habéis casi desde que nacisteis, y para quedar en él atada con santos votos para siempre.
No tenéis aún como otras pruebas difíciles ni penitencias que hacer. Dichosa mil veces vos, dichosa sí, Doña Inés, que no habiendo conocido mundo, no le habéis de temer. Con que vamos, doña Inés, recogeos, que ya es hora.
Mal ejemplo no le deis a las novicias, que a tiempo que duermen ya. Hasta después. Id con Dios, madre abadesa.
Adiós, hija. Ya se fue. No sé qué tengo.
¡Ay de mí! Que en tu tumultuoso tropel mil encontradas ideas me combaten a la vez. Otras noches, complacidas sus palabras escuché más.
Hoy la oí distraída, y en sus pláticas hallé, si no enojosos discursos, a lo menos aridez. Y no sé por qué, al decirme que podría acontecer que se acelerase el día de mi profesión, temblé. ¡Ay de mí!
Pero mi dueña, ¿dónde estará? Hoy la echo de menos. ¿Acaso porque la voy a perder, que en profesando es preciso renunciar a cuanto amé?
Buenas noches, doña Inés. ¿Cómo habéis cerrado tanto? Esperad, que voy a cerrar esta puerta.
Hay órdenes de que esté abierta. Va, eso es muy bueno y muy santo para las demás novicias que han de consagrarse a Dios, no doña Inés, para vos. Brígida, ¿no ves que vicias las reglas del monasterio, que no permiten...?
Va, va, si, si está más tranquilo y se habla sin estorbos ni interrupciones. ¿Habéis mirado el libro que os he traído? Ay, no, se me había olvidado.
Pues me hace gracia el olvido. Como la madre abadesa se entró aquí inmediatamente. Vieja más impertinente.
Pues tanto el libro interesa. ¡Vaya si interesa! Mucho.
Pues quedó con poco afán el infeliz. ¿Quién? Don Juan.
¡Ay, válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¿Es don Juan quien me lo envía?
Por supuesto. No, no debo tomarlo. Pobre Mancebo.
Desairarle así sería matarle. ¿Qué estáis diciendo? Si este horario no tomáis, tal pesadumbre le daréis que va a enfermar.
Lo estoy viendo. Ah, no, no, no, de esa manera lo tomaré. Haréis bien.
Y qué bonito es. Ya ves, quien quiere agradar se esmera. A ver, a ver si completo contiene el rezo del coro.
Más que cayó. Un papelito. ¿Una carta?
¡Ah, claro está! En esa carta vendrá ofreciendo el regalito. ¿Qué?
¿Será suyo el papel? Vaya que sois inocente, doña Inés. Puesto que os feria, es consiguiente que la carta sea de él.
¡Ay, Jesús! ¿Qué os da? Ay, no sé.
El campo de mi mente siento que cruzan perdidas mil sombras desconocidas que me inquietan vagamente. ¿Y tiene alguna porventura el semblante de don Juan? No sé.
Desde que le vi, Brígida mía, y su nombre me dijiste, tengo ese hombre siempre delante de mí. No sé qué fascinación en mis sentidos ejerce, que siempre hacia él se tuerce la mente y el corazón. Válgame Dios, doña Inés, según lo vais explicando, tentaciones me van dando de creer que eso amor es.
¿Qué? ¿Amor decís? Sí, amor.
No, no, no, de ninguna manera. Pues por amor lo entendiera el menos entendedor. Mas ¿en qué os paráis?
Vamos, la carta B. Un suspiro. Que cuanto más la miro, menos me atrevo a leer.
Doña Inés del alma mía. ¡Ay, Virgen Santa, qué principio! Vendrá en verso y será un ripio que trae la poesía.
Seguid, seguid la lectura, doña Inés. Luz de donde el sol la toma, hermosísima paloma, privada de libertad. Si os dignáis por estas letras pasar vuestros lindos ojos, no los tornéis con enojos sin concluir.
Acabad. ¡Ay, qué humildad! ¡Y qué finura!
Ay, Brígida, no sé lo que siento. Seguid, seguid la lectura. Inés, alma de mi alma, perpetuo imán de mi vida, si es que a través de esos muros el mundo apenada miras y por el mundo suspiras de libertad con afán, acuérdate que al pie mismo de esos muros que.
Te guardan, para salvarte te aguardan los brazos de tu don Juan. ¡Ay, qué es lo que me pasa, cielos! ¡Ay, que me estoy viendo morir!
¡Y ha tragado todo el anzuelo! ¡Vamos, vamos, que está al concluir! Acuérdate de quien llora al pie de tu celosía y allí le sorprende el día y le halla la noche allí.
Acuérdate de quien vive solo por ti, vida mía, y que a tus pies volaría si le llamaras a ti. ¡Lo veis! Vendría, vendría a postrarse a vuestros pies.
¡Puede! ¡Pues claro que sí! ¡Ay, Virgen María!
¡Acabad, acabad, doña Inés! Adiós, oh luz de mis ojos, adiós, Inés de mi alma. Medita, por Dios, en calma las palabras que aquí van, y si odias esa clausura que ser tu sepulcro debe, manda, que a todo se atreve por tu hermosura don Juan.
¡Qué filtro envenenado me dan en este papel! ¡Que el corazón desgarrado me voy sintiendo con él! ¡Qué sentimientos dormidos!
Son los que revela en mí, qué impulsos jamás sentidos, qué luz que hasta hoy nunca vi, qué es lo que engendra en mi alma tan nuevo y profundo afán, quién roba la dulce calma de mi corazón. Don Juan. Don Juan, dices, ¿con qué ese hombre me ha de seguir por doquier?
Solo he de escuchar su nombre, solo su sombra he de ver. Bien dice, juntó el cielo los destinos de los dos y en mi alma engendró este anhelo fatal. ¡Silencio, doña Inés!
Las nueve dan, ya está aquí. ¿Quién? Él.
Don Juan. ¿Qué es esto? ¿Sueño?
¿Delirio? Inés de mi corazón. ¿Es realidad lo que miro o es una fascinación?
Tenedme, apenas respira, sombra, huye por compasión. ¡Ay de mí! Vuestra repentina entrada la ha fascinado y el pavor os la ha trastornado.
Mejor. Así nos ha ahorrado la mitad de la jornada. Mi gente abajo me espera.
Sígueme. ¡Ay! Sin alma estoy.
Este hombre es una fiera. Sin nada la taja ni altera. Sí, sí, a su sombra me voy.
¡Qué mal arte tiene la dueña! Arte es para hacer el mal. Eso bien lo demuestra.
El diablo pone en su boca veneno, al igual que en boca de Don Juan, que con su canto lleno embaucaba a todos, sin un solo remordimiento. La palabra puede herir sin espada. Algunas heridas tardan toda una vida en cerrarse y otras no cierran nunca.
Ya, pero se puede usar el don de la palabra para hacer el bien, ¿no creéis? También para el bien, Martín. La palabra puede perder a un hombre o quizá también salvarlo.
Eso está por ver. Don Juan se llevó a Doña Inés, su padre, Don Gonzalo vino al convento a avisar, mas para Doña Inés ya fue demasiado tarde y el daño no se pudo evitar. Puedes continuar con la historia, madre, que dejarla ahora sería una crueldad.
Sobre todo, Martín, para vos. Doña Inés habría de despertar en la quinta de Don Juan, sin nada sospechar. ¡Dios mío!
¡Cuánto he soñado! ¡Loca estoy! ¿Qué hora será?
Mas, ¡ay de mí! No recuerdo que jamás haya visto este aposento. ¿Quién me trajo aquí?
Don Juan. Siempre Don Juan. Mas conmigo tú también estás aquí, Brígida.
Claro, doña Inés. Pero dime, en caridad, ¿dónde estamos? Este cuarto es del convento.
¡No tal! Aquí hay un cuchitril donde no había más que miseria. Pero, en fin, ¿en dónde estamos?
Ven, acércate a este balcón y alcanzarás a ver lo que va de un convento de monjas a una quinta de Don Juan. ¿Es de Don Juan esta quinta? Y creo que vuestra ya.
Pero no comprendo, Brígida, lo que hablas. Escuchad, estábamos leyendo con mucho afán una carta de Don Juan, cuando en un instante estalla un incendio formidable. ¡Ay, Jesús!
Espantoso, inmenso. El humo era ya tan denso que el aire se hizo palpable. Pues no lo recuerdo.
Las dos, con la carta entretenidas, olvidamos nuestras vidas, yo oyendo y leyendo vos. Estaba tan linda, que en trambas achacábamos a la lectura la tortura que sentíamos interna. Ya apenas podíamos respirar.
El fuego prendía en nuestras camas, nos íbamos a abrasar. Cuando Don Juan, que os adora y que rondaba por el convento, al ver crecer con el viento la llama devastadora... Con inaudito valor entró para salvaros.
Por donde pudo mejor. Vos, al verla saltar la celda así, tan de improviso, os desmayasteis. Preciso, la cosa era de esperar.
Y el albero caeros tomó en sus brazos y echó a huir. Yo le seguí y del fuego nos salvó. ¿Dónde íbamos a esas horas?
Si vos seguíais desmayada y yo estaba ya casi aguada. Dijo él: Hasta el alba en mi casa las tendré. Y en hostoña Inés, aquí.
Con que esta es su casa. Pues nada recuerdo, afe, pero en su casa. Yo tengo la de mi padre.
Vayámonos de aquí, vamos. Ahí convengo con vos, pero es el asunto... ¿Qué?
Que no podemos ir. ¿Oír tal menmaravilla? Nos aparta de Sevilla.
¿Quién? Pues vedlo, el Guadalquivir. ¡Ay, Dios mío!
No estamos en la ciudad. Aún a leguas nos hallamos de sus murallas. ¡Ay, Dios mío!
Pero estamos perdidas. No entiendo bien por qué. Me estás confundiendo, Brígida, y no sé qué redes son las que entre estas paredes temo que me estás tendiendo.
Nunca el claustro abandoné, ni sé del mundo exterior los usos, mas tengo, nor Brígida. Noble soy y sé que la casa de Don Juan no es buen sitio para mí. ¡Ay!
Me lo está diciendo aquí, no sé qué escondido afán. Vengámonos de aquí, huyamos. Doña Inés, la existencia os ha salvado.
Pero me ha envenenado el corazón. Le amáis, pues. No sé, mas por compasión, huyamos pronto de ese hombre tras de cuyo solo nombre se me escapa el corazón.
Tú me diste un papel de manos de ese hombre escrito y algún encanto maldito me diste encerrado en él. Una sola vez le vi por entre unas celosías y que estaba me decías en aquel sitio por mí. Tú, brígida, a todas horas venías a hablarme de él, haciéndome recordar sus gracias fascinadoras.
Tú me dijiste que estaba para mí o destinado por mi padre y me has jurado en su nombre que me amaba. ¿Que le amo, dices? Pues bien, si esto es amar, sí, sí, le amo.
Pero yo sé que me infamo con esta pasión también. Y si el débil corazón se me va tras de don Juan, tirándome del están mi honor y mi obligación. Vamos, Vígila, vamos de aquí primero que ese hombre venga.
Pues fuerza acaso no tenga si le veo junto a mí. Vamos. ¿No oís, doña Inés?
¿Qué? Ruido de remos. Sí, sí dices bien.
Iremos en un bote a la ciudad. Imposible que partamos. ¿Por qué razón?
Porque es él, el que en ese barquichuelo se acerca por el río. ¡Ay, Dios mío, dadme fuerzas! Ya está aquí, ya están en el suelo.
Sus hombres nos llevarán a casa, pero antes es preciso despedirnos, a lo menos de don Juan. Sea, sea y vámonos al instante. No quiero volverle a ver.
Vamos. ¿A dónde va a ir, doña Inés? Dejadme salir, don Juan.
¿Que os deja salir? Señor, conociendo ya lo del accidente del fuego, estará preocupado por su hija, el comendador. ¿El fuego?
No os dé cuidado por don Gonzalo, que ya dormir tranquilo le hará el mensaje que le he enviado. ¿Le habéis dicho qué? Que os hallabais bajo mi amparo segura y el aura del campo pura, libre por fin respirabais.
Cálmate, pues, vida mía. Reposa aquí y un momento olvida de tu convento la triste, el cárcel sombría. No es cierto.
Ángel de amor, que en esta apartada orilla, más pura la luna brilla y se respira mejor. Esa aura que vaga llena de los sencillos olores de las campesinas flores, que brota esa orilla amena, esa agua limpia y serena que atraviesa sin temor la barca del pescador que espera cantando el día. No es cierto, paloma mía, que están respirando amor.
Esa armonía que el viento recoge entre esos millares de floridos olivares, que agita con manso aliento, ese dulcísimo acento con que trina el ruiseñor de sus copas morador, llamando al cercano. Día. No es verdad, gacela mía, que están respirando amor.
Y estas palabras que están filtrando insensiblemente tu corazón, ya pendiente de los labios de don Juan, y cuyas ideas van inflamando en su interior un fuego germinador no encendido. Todavía. No es verdad, estrella mía, que están respirando amor.
Y esas dos líquidas perlas que se desprenden tranquilas de tus radiantes pupilas, convidándome a beberlas y evaporarse, a no verlas de sí mismas al calor. Y ese encendido color que en tu semblante no había. No es verdad, hermosa mía, que están respirando amor.
¡Oh, sí, bellísima Inés, espejo y luz de mis ojos, escuchadme sin enojos como lo haces! Amor es... Mira que a tus plantas, pues, todo el altivo rigor de este corazón traidor que rendirse no creía, adorando, vida mía, la esclavitud de tu amor.
Callad, por Dios, don Juan, que no podré resistir mucho tiempo sin morir tan nunca sentido afán. Callad, por compasión, que oyéndoos me parece que mi cerebro enloquece y se arde mi corazón. Me habéis dado a beber un filtro infernal, sin duda, que rendiros os ayuda la virtud de la mujer.
Tal vez, poseéis, don Juan, un misterioso amuleto que a vos me atrae en secreto como irresistible imán. Tal vez, tal vez Satanás puso en vos su vista fascinadora, su palabra seductora y el amor que negó a Dios. ¿Y qué de hacer hay de mí, si no caer en vuestros brazos?
Si el corazón en pedazos me vais robando de aquí. No, don Juan, en poder mío resistirte no está ya. Yo voy a ti como va al mar sorbido ese río.
Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan y tus ojos me fascinan y tu aliento, tu aliento me envenena. Don Juan, don Juan, yo lo imploro de tu dálga compasión o arráncame el corazón o ámame, porque te adoro. Alma mía, esa palabra cambia de modo mi ser, que alcanzo que puede hacer hasta que le den se me abra.
No es doña Inés, Satanás quien pone este amor en mí, es Dios, que quiere por ti ganarme para él, quizás. El amor que esa tesora en mi corazón mortal no es esa chispa fugaz que cualquier ráfaga apaga, es incendio que se traga cuanto ve, inmenso, voraz. Desde ya puesto inquietud bellísima en es, pues me siento a tus pies capaz aún de la virtud.
Sí, iré mi orgullo a postrar ante el buen Comendador y habrá de darme tu amor o me tendrá que matar. Don Juan, de mi corazón... Silencio.
¿Qué? ¿Habéis escuchado? Una barca atracada debajo de ese balcón.
Un hombre embozado de ella salta. ¡Brígida! Al momento pasad, es otro aposento.
Y perdonad, Inés bella, si solo me importa estar. Tardarás. Poco ha de ser.
A mi padre hemos de ver. En cuanto empieza a clarear. Adiós.
Adiós. Bienvenido, caballero. Bien hallado, señor mío.
Sin cuidado hablad. Jamás lo he tenido. Decid, pues, ¿a qué venís a esta hora y con tal afán?
Vengo a mataros, don Juan. Según eso, sois don Luis. Sí.
No os engañó el corazón. Y el tiempo no malgastemos, don Juan. Los dos ya no cabemos en la tierra.
En conclusión, señor Mejía, es decir, que porque os gané la apuesta, queréis que acabe la fiesta con salirnos a batir. Sí. Y lo que tardo me enoja en lavar tan fea mancha.
Don Juan, yo la amaba, mas con lo que habéis osado, imposible la habéis dejado para vos y para mí. ¿Por qué la apostasteis, pues? Porque jamás pude pensar que la pudierais conseguir.
Vamos a reñir por San Andrés, que es mi paciente. Bajemos a la ribera. Aquí mismo.
Decio fuera. ¿No veis que en esta posento prendieron al vencedor? Vos traéis una barquilla.
Sí. Pues que lleva Sevilla el que quede. Pues no perdamos momento.
Esperad. ¿Qué sucede? Ruido siento.
No perdamos momento. Don Luis, pues de mí os habéis fiado cuanto dejáis demostrado cuando a mi casa venís. No dudaré en suplicaros, por mi valor conocéis, que un instante me aguardéis.
Yo nunca puse reparos en valor que es tan notorio, mas no me fío de vos. Ved que son dos las partes de la apuesta de Tenorio y que ganadas están. Lograsteis a un tiempo...
Sí, la del convento está aquí, y por viene don Juan a reclamarla quien puede. Cuando me podáis matar, no puedo dejar asunto tras de mí que pendiente quede. Entrad ahí.
Desde ahí, véis y escuchad. Franca tenéis esa puerta. Si veis mi conducta incierta, como os acomode obrad.
Ya vengo. ¿Dónde está? ¿Dónde está ese traidor?
Aquí estoy, comendador. ¿De rodillas? Y a tus pies.
Vil eres hasta en tus crímenes. Anciano, la lengua tiene y escúchame un sol instante. ¿Qué puede en tu lengua haber que borre lo que tu mano escribió en este papel?
¿? Ir a sorprender, infame, la cándida sencillez de que no pudo el veneno de esas letras precaver, derramar en su alma virgen traidoramente la hiel en que rebosa la tuya, seca de virtud y. Fe.
Ese es el valor tenorio de que blasonas. Esa es la proberbiada osadía que das al vulgo a temer con viejos y con doncellas las muestras. ¿Y para qué?
Vive Dios, para venir sus plantas así a lamer, mostrándote un tiempo ajeno de valor y de honradez. Comendador. ¡Miserable!
Tú has robado a mi hija Inés de su convento y yo vengo por tu vida o por mi bien. Jamás delante de un hombre mi alta cerviz incliné, ni he suplicado jamás, ni a mi padre ni a mi rey. Y pues conserva tus plantas la postura en que me veis, considera, don Gonzalo, qué razón debo tener.
Lo que tienes es pavor de mi justicia. ¡Par diez! Óyeme, comendador, o tenedme o sabré.
Y seré quien siempre he sido, no queriéndolo ahora ser. Vive Dios. Comendador.
Yo he idolatrado a doña Inés, persuadido de que el cielo nos la quiso conceder para enderezar mis pasos por el sendero del bien. No amé la hermosura en ella, ni su gracias adoré. Lo que adoro es la virtud, don Gonzalo, en doña Inés.
Lo que justicias ni obispos no pudieron de mí hacer con cárceles y sermones, lo pudo su candidez. Su amor me torna en otro hombre, regenerando mi ser, y ella puede hacer un ángel de quien un demonio fue. Escucha, pues, don Gonzalo, lo que te puede ofrecer el audaz Juan Tenorio de rodillas a tus pies.
Yo seré esclavo de tu hija, en tu casa viviré, tú gobernarás mi hacienda, diciéndome esto ha de ser. El tiempo que señalares en reclusión estaré, cuantas pruebas exigieres de mi audacia o mi altivez, de modo que me ordenares, con sumisión te daré. Y cuando estime tu juicio que la puedo merecer, yo la daré un buen esposo y ella me dará el Edén.
¡Basta! ¡Basta! Que no sé cómo me he podido contener, oyendo tan torpes pruebas de tu infame avilantez.
Don Juan, tú eres un cobarde cuando en la ocasión te ves, y no hay bajeza que no oses como te saque con bien. ¡Don Gonzalo! Y me avergüenzo, me avergüenzo de mirarte así a mis pies, lo que apostabas por fuerza, suplicando por merced.
¿Todo así se satisface, don Gonzalo, de una vez? ¿Tu esposo? ¡Nunca!
¡Nunca! Antes la mataré. Entrégamela al punto, o sin poderme valer, en esa postura vil el pecho te cruzaré.
Míralo bien, don Gonzalo, que vas a hacerme perder hasta la esperanza de mi salvación, tal vez. ¿Y qué tengo yo con tu salvación que ver? ¡Comendador, que me pierdes!
¡Mi hija ahora mismo! Considera bien que por cuantos medios pude te quise satisfacer, y que con armas al cinto estuve nuestro toleré, proponiéndote la paz de rodillas y a tus pies. Muy bien, don Juan.
Vive Dios. ¿Quién es este hombre? Un testigo de su miedo, comendador, y un amigo para vos.
Don Luis. Ya he oído bastante de cuál uso puedes hacer de tu valor arrogante. Quien hiere por detrás y se humilla en la ocasión es tan cruel como el ladrón que roba y huye.
¡Esto más! Pues la ira soberana de Dios juntó. Como ves, al padre de doña Inés y al vengador de doña Ana.
Mira al fin que aquí te espera cual igual tiempo te alcanza, la justicia allá fuera y la venganza aquí dentro. Ahora comprendo vos. Soy don Luis Mejía, quien a buen tiempo me envía Dios para su venganza.
¡Basta! Basta, pues, de tal suplicio. Si con hacienda y honor, ni os muestro ni doy valor a mi franco sacrificio, y la leal solicitud con que ofrezco cuanto puedo, tomáis, vive Dios, por miedo y os mofáis de mi virtud, os acepto el que me dais, plazo.
Breve y perentorio, para mostrarme el tenorio de cuyo valor dudáis. Sea, y cae aquí a nuestros pies rendido, digno al menos de esa fama que tan bravo te aclama. Y venza el infierno, pues.
¡Huyó! Pues mi alma así vuelve a hundirme en el vicio, cuando Dios me llame a juicio. Tú responderás por mí.
Así. Y tú, insensato, que me llamas vil ladrón, bien prueba de tu razón, que cara a cara te mato. Tarde tu fe ciega acuda al cielo, Mejía, y no fue por culpa mía, pero la justicia llega y afeita de ver quién soy.
Y a mí al cielo y no me oyó, y pues sus puertas me cierra, de mis pasos en la tierra responda el cielo y no yo. Doña Inés. Doña Inés.
Tras llorar con hondo pesar la muerte de su padre. Su único amparo. Regresó al convento, sola y sin hablar.
Aquel don Juan de su lado la separó. La ausencia del padre primero y del amante después la sumió en un profundo delirio de dolor y esquivez. Pensando en don Juan, el tiempo pasaba.
En su pecho medró la soledad. Hasta que una noche fui a buscarla. ¿También a ella?
También, pero no tembló como vos. Bueno, cada uno recibe a las visitas como puede. Finalmente su alma no pudo más soportar.
El dolor y la ausencia la vencieron al fin. En ese desconsuelo, su vida se apagó sin sentir. No toda muerte es un final, Martín.
Bueno, si vos lo decís. Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando. Cuán presto se va el placer, cómo después de acordado da dolor, cómo a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Y pues vemos lo presente. Hemos sido y acabado. Si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado.
No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio, pues de todo ha de pasar por tal manera. Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar, que es el morir. Allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos; allegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos.
Ahora entiendo lo de matador, porque matar al padre y a otro más hay que ser muy ruin. ¿Lo atrapó la justicia al fin? No, Martín.
Don Juan desapareció y durante años nadie de él volvió a hablar. La justicia de los hombres se puede perder. Yo nunca pierdo uno, por mucho que corra o se esconda.
Claro, de con usted no hay quien pueda, ya lo sé. Pero tuvo que ser un duro golpe para el padre, un peso difícil de sobrellevar. Don Diego, su padre, en su testamento ordenó que su palacio en Panteón se convirtiera para acoger las almas de las víctimas de su hijo, el más infame matador.
¿El Panteón abandonado? El mismo, donde el tiempo pasó y cuando don Juan a él regresó, sorprendido quedó de ver las estatuas y las almas que en él descansaban sin ver la luz del día que tanto anhelaban. Y allí comenzó la última apuesta de don Juan, la que habría de jugar contra la eternidad.
Apagón, ahora. Mi buen padre empleó en esto entera la hacienda mía. Hizo bien.
Yo el otro día lo vieron a carta puesto. No os podéis quejar de mí vosotros a quien maté. Si buena vida os quité, buena sepultura os di.
Hermosa noche. ¡Ay de mí! ¡Cuántas como esta, tan puras, en infames aventuras de satinado perdí!
¡Cuántas! Al mismo fulgor de esa luna transparente arranqué alguna inocente la asistencia o el honor. Mármol en quien doña Inés, cuerpo sin alma existe, deja que el alma de un triste llore un momento a tus pies.
De azares mil a través conservo tu imagen pura, y pues la mala ventura te asesinó de don Juan, contempla con cuánto afán vendrá hoy a tu sepultura. En ti nada más pensó desde que se fue de ti, y desde que huyó de aquí sólo en volver meditó. Don Juan sólo esperó de doña Inés su ventura, y hoy, que en pos de su hermosura vuelve el infeliz don Juan, mira cuál es su afán al dar con tu sepultura.
Inocente doña Inés, cuya hermosa juventud encerró en la ataúd quien llorando está a tus pies. Si de esa piedra a través puedes mirar la amargura del alma que en tu hermosura doró con tanto afán. Prepara a un lado a don Juan en tu misma sepultura.
Doña Inés de mi vida, si hay un Dios tras esa anchura por donde los astros van, dile que mira a don Juan llorando en tu sepultura. Este mármol sepulcral adormece mi vigor y sentir creo en redor un ser sobrenatural. Mas, ¿qué es esto?
¿Aquella figura fue creación de mi afán? No, mi espíritu, don Juan, te aguardó en mi sepultura. Doña Inés, sombra querida, alma de mi corazón, no me quites la razón si me has de dejar la vida.
Si eres imagen fingida, solo hija de mi locura, no aumentes mi desventura burlando mi loco afán. Yo soy, doña Inés, don Juan, que te oyó en su sepultura. ¿Con qué vives?
Para ti. Mas tengo mi purgatorio en este mármol mortuorio que labraron para mí. Yo a Dios mi alma ofrecí en precio de tu alma impura, y Dios, al ver la ternura con que te amaba mi afán, me dijo: Espera, don Juan, en tu misma sepultura.
Y pues quieres ser tan fiel a un amor de Satanás, con don Juan te salvarás. O te perderás con él. Por él vela, mas si cruel desprecia tu ternura y en su torpeza y locura sigue con bárbaro afán, llévese tu alma, don Juan, de tu misma sepultura.
¿Te estoy soñando con las sombras de un Edén? No. Y ve que si piensas bien, a tu lado me tendrás, mas si obras mal causarás nuestra eterna desventura.
Y medita con cordura que es esta noche, don Juan, el espacio que nos dan para buscar sepultura. Adiós, pues, y en la ardua lucha en que va a entrar tu existencia, de tu dormida conciencia la voz que va a alzarse escucha, porque es de importancia mucha meditar con sumo tiento la. Elección de aquel momento, que sin poder evadirnos al mal o al bien, ha de abrirnos la losa del monumento.
¡Cielos! ¿Qué es lo que escuché? ¡Más sombra, delirio fue!
Estos sueños me aniquilan, mi cerebro enloquece. Y esos mármoles parece que estremecidos vacilan. Sí, sí, sus bustos oscilan y su vago contorno medra, pero don Juan no se arredra.
¡Alzáos, fantasmas vanos, y os volveré con mis manos a vuestro lecho de piedra! ¡No! No me causan pavor vuestros semblantes esquivos.
Jamás, ni muertos ni vivos, humillaréis mi valor. Yo soy vuestro matador, como al mundo es bien notorio. Si en vuestro alcázar mortuorio me prestáis venganza fiera, daos prisa, que aquí os espera otra vez don Juan Tenorio.
No me vengáis con tales cuentos, madre, que el miedo me entra hasta los huesos. Yo de estos fantasmas... Yo hubiese salido corriendo, que ni el mismo diablo me habría cogido.
Fuerte soy para el trabajo, es mi destino, pero asustadizo si no son cosas de vivos. Pronto tendremos que partir. Espérese un poco.
¿Por qué de esperar? Porque la historia no ha terminado, coñe. Claro, la historia.
No aparecieron fantasmas, Martín, no temáis, sino dos viejos amigos de don Juan Tenorio: el capitán Centellas y Rafael de Avellaneda. Con ellos se citó en su nueva morada para contarles sus aventuras sin pudor, no sin antes invitar al fantasma del señor, don Gonzalo de Ulloa, a quien había deshonrado. Invitar a un muerto a cenar siempre es una apuesta peligrosa.
¿Puede aceptar? Yo nada tengo pavor. Tú eres el más ofendido, mas si quieres te convido a cenar, comendador.
Que no lo puedas hacer, creo, y es lo que me pesa, mas por mi parte en la mesa tendré un cubierto a poner. Y a fe que favor me harás, pues podré saber de ti si hay más mundo que el de aquí y otra vida en que jamás creí. Lo dicho, comendador.
Don Juan se reunió con el capitán Centellas y Rafael de Avellaneda en su nuevo hogar. Compartieron mesa, vino y palabras sin reservas. Don Juan habló de lo vivido en años sin parar, no sin antes brindar por don Gonzalo, a quien un lugar en la mesa para él guardó.
De repente, se oyeron golpes a la puerta. Pero nadie al abrir en la puerta había. El ambiente se tensó.
Pues voy yo al segundo golpe, hubiese atrancado ya la puerta con una tranca. ¡Hay puertas que ninguna tranca puede sellar! A medida que los presentes cada vez estaban más inquietos, don Juan, sin aviso, un convidado inesperado recibió.
¿Es realidad o delirio? Es su figura, su gesto. ¿Por qué te causa pavor?
Quien convidado a tu mesa viere por ti. Dios, ¿no es esa la voz del Comendador? Siempre supuse que aquí no me habías de esperar.
Mientes, posicia arrimar esa silla para ti. Llega, pues, para que veas que aunque dudé en un extremo de sorpresa, no te temo, aunque el mismo yoa seas. ¿Aún lo dudas?
No lo sé. Pon si quieres, hombre impío, tu mano en el mármol frío de mi estatua. ¿Para qué?
Me basta oírlo de ti, mas te advierto. ¿Qué? Que si no eres el muerto, no vas a salir vivo de aquí.
¡Ea, sal, levantad! No pienses que se levante, hasta que me ausente yo. Que la divina clemencia del Señor para contigo no requiere más testigo que tu juicio y tu conciencia.
Al sacrílego convite que me has hecho en el panteón, para alumbrar tu razón, Dios asistir me permite. Y heme que vengo en su nombre a enseñarte la verdad. Y es que hay una eternidad tras de la vida del hombre, que numerados están los días que has de vivir y que tienes que morir mañana mismo, don Juan.
Mas como esto que a tus ojos está pasando. ¿Supones ser del alma aberraciones y de la aprehensión antojos? Dios, en su santa clemencia, te concede todavía hasta el nuevo día para ordenar tu conciencia y su justicia infinita porque conozcas mejor.
Espero de tu valor que me pagues la visita. ¿Irás, Juan? Iré, sí.
Mas me quiero convencer de los vagos de tu ser antes de que salgas de aquí. Tu necio orgullo delira. Los hierros más gruesos y los muros más espesos se abren a mi paso.
Mira. Imposible. Ilusiones.
Piensa bien que al lado tuyo me tendrás, dijo Dinés la sombra, mas si bien orgullo no la veo. Aquí estoy. Sueño es.
Cielos. Medita lo que al buen comendador has oído y ten valor para acudir a su cita. Un punto se necesita para morir con ventura.
Elígelo con cordura, porque mañana, don Juan, nuestros cuerpos dormirán en la misma sepultura. Tente, doña Inés, espera; si mi alma en verdad, ha de al fin distinguir la realidad de la quimera. Tal vez todo esto ha sido pro estos dos preparado, y mientras ha ejecutado su privación han fingido.
Mas si es así, se han de acordar de don Juan. ¡Ea, Zal, levantad! Creyendo que sus compañeros lo habían burlado, don Juan los retó a reñir, enfurecido y desafiado.
Menuda burla, madre. Yo habría salido volando que ni el mismísimo diablo me habría cogido con sus manos. Pero decidme, ¿puede Dios, nuestro Señor, perdonar tal maldad?
¿Ser clemente con tan grandes pecados? Esa pregunta no me corresponde responderla. Todo es posible.
Todo es posible, Martín. Todo en verdad. Y más viniendo de Dios, nuestro Señor, en su bondad.
Yo conduzco hasta la puerta. Lo que ocurra después no lo decido yo. Don Juan, después de la riña, con el alma en quebranto, regresó al camposanto en busca de descanso.
Ya debe de quedar poco de la historia, ¿no? Muy poco. No sé qué prisa tenéis, la verdad.
Yo pensaba terminar la tapia mañana. Ninguno de nosotros sabe cuál será su última tarea. Ya, pero, joder, pastilla, dejad las cosas a medias.
Todos las dejamos a medias. Yo ya no sé qué decirle, seña Muerte, pero se podría esperar un poquico. ¿Por qué esperar?
El tiempo se acaba. Ya, pero la historia no llega a terminar. ¿No?
El tiempo se acaba, Martín. Pues si nos tenemos que ir, pues habrá que irse. ¿No, madre?
Si la historia quieres terminar de ver, ven conmigo y la veréis. Ea, me voy. Culpa mía no fue.
Necesitaba víctimas en mi mano que inmolara mi fe desesperada. Y al verlos en mitad de mi camino, presa le hice allí de mi locura. No fui yo, vive Dios, fue su destino.
Arrebatado el corazón me siento por vértigo infernal. Mi alma perdida va cruzando el desierto de la vida cual hoja seca que arrebata el viento. Dudo, temo, vacilo.
Jamás mi orgullo concibió que hubiera nada más que el valor, que se aniquila el alma con el cuerpo cuando muere, creí. Mas hoy mi corazón vacila. Jamás creí en fantasmas, desvaríos.
La efigie de esa tumba me ha invitado a venir a buscar prueba más cierta de la verdad en que dudé obstinado. Heme aquí, pues, comendador. ¡Despierta!
Aquí estoy, don Juan. Y he aquí que viene conmigo los que tu eterno castigo de Dios reclamando están. Jesús, ¡ay de mí!
¿Qué? ¿El corazón te desmaya? No lo sé.
Concibo que me engañé, no son sueños, ellos son. Pavor jamás conocido el alma fiera más alta, y aunque el valor no me falta, me va faltando el sentido. Eso es que se va concluyendo tu existencia, porque el plazo de tu sentencia está cumpliéndose ya.
¿Qué dices? Lo que te avisó doña Inés, lo que te he dicho yo y lo que olvidaste, loco. ¿Con que hay otra vida más y otro mundo que el de aquí?
¿Con que es verdad, ¡ay de mí!, lo que no creí jamás? ¿Y ese reloj? Es la medida de tu tiempo.
¿Espira ya? Sí. En cada grano se va un instante de tu vida.
¿Y esos me quedan, no más? Sí. ¡Injusto Dios!
Tu poder me haces ahora conocer cuando tiempo no me das de arrepentirme. Don Juan, un punto de contrición da a un alma la salvación, y ese punto... Aún te le dan.
Imposible. En un momento borrar treinta años malditos de crímenes y delitos. Aprovechale con tiento, porque el plazo va a expirar.
Las campanas por ti doblando están, y cavan la fosa donde te han de echar. ¿Con que por mí doblan? Sí.
¿Y esos cantos funerales? Los salmos penitenciales que están cantando por ti. ¿Y aquel entierro que pasa?
Es el tuyo. ¿Muerto yo? Sí.
El capitán te mató a la puerta de tu casa. Tarde la luz de la fe penetra en mi corazón, pues crímenes mis razones su luz tan solo ve, y los ve con horrible afán, porque al ver su multitud, veía a Dios en la plenitud de su ira contra Don Juan. Por dondequiera que fui la razón atropellé, las virtudes escarnecí, a la justicia burlé, y en ponzoñé cuanto vi.
Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo a los claustros escalé, pues tal mi vida fue. No. No hay perdón para mí.
Mas ahí estáis todavía con quietud tan pertinaz. Dejadme morir en paz a solas con mi agonía. Con esta horrenda calma, ¿quién me aguarda y sombras fieras?
¿Qué esperan de mí? Que muera para llevarse tu alma. Adiós, don Juan.
Ya tu vida toca a su fin. Vano todo fue. Dame la mano en señal de despedida.
¿Muestrasme ahora amistad? Sí, que injusto fui contigo y Dios me manda a tu amigo volver a la eternidad. Toma, pues.
Y ahora, don Juan, pues desperdicias también la ocasión que te dan, conmigo al infierno ven. Aparta, piedra fingida. Suelta, suéltame esa mano, que aún queda el último grano en el reloj de mi vida.
Suéltala, que sí es verdad que un punto de contrición da a un alma la salvación de toda una eternidad. Yo, santo Dios, creo en ti. Si en mi maldad inaudita tu piedad es infinita, Señor, ten piedad de mí.
Ya es tarde. No. ¡Me ya aquí, don Juan!
Mi mano asegura esta mano que a la altura tendió tu contrito afán, y Dios perdona a don Juan al pie de la sepultura. ¡Dios clemente! Doña Inés.
Fantasmas, desvanecéos; su fe nos salva. Volveos a vuestros sepulcros, pues la voluntad de Dios es. De mi alma con la amargura purifiqué su alma impura, y Dios concedió a mi afán la salvación de don Juan al pie de la sepultura.
Inés de mi corazón. Don Juan, yo mi alma he dado por ti, y Dios te otorga por mí tu dudosa salvación. Misterios que en comprensión no cabe de criatura, y sólo en vida más pura los justos comprenderán que el amor salvó a don Juan al pie de la sepultura.
Cesad, cantos funerales. Callad, mortuorias campanas. Ocupad, sombras livianas, vuestras urnas sepulcrales.
Volved a los pedestales, animadas esculturas, y las celestes venturas en que los justos están. Comiencen para don Juan en las mismas sepulturas. Dios clemente, gloria a ti.
Mañana los sevillanos, aterrará el creer que a manos de mi víctima caí. Mas es justo. Quede aquí al universo notorio que, pues me abre el purgatorio un punto de penitencia, es el Dios de la clemencia.
El Dios de don Juan Tenorio.